Bajo la luz de Asunción

Lucía tenía 22 años y vivía en Asunción, Paraguay. Era una joven inteligente y ambiciosa, estudiaba Comunicación Social en la universidad y soñaba con convertirse en periodista. Sin embargo, la realidad económica de su familia era complicada. Su madre, una empleada doméstica, apenas lograba cubrir los gastos básicos, y el sueño de Lucía de terminar la carrera parecía cada vez más lejano.

Una tarde, mientras caminaba por el centro de la ciudad, vio un anuncio en una vitrina: «Trabajo para mujeres jóvenes, buenos ingresos, horarios flexibles». Lucía lo leyó varias veces, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza. Sabía que no era un trabajo común, pero la desesperación la llevó a llamar al número que aparecía en el cartel.

Al día siguiente, se encontró en un edificio discreto en el barrio de Villa Morra. Una mujer mayor, de mirada astuta pero amable, la recibió. «Aquí ayudamos a chicas como tú a ganar dinero rápido», le dijo. Lucía entendió de inmediato a qué se refería. Aunque al principio sintió miedo y vergüenza, la idea de poder pagar sus estudios la sedujo.

Su primera noche como escort fue en un hotel de lujo en el centro de Asunción. Lucía estaba nerviosa, pero el cliente, un hombre maduro y respetuoso, la trató con amabilidad. Aunque no disfrutó de la experiencia, sintió un alivio al recibir el dinero que tanto necesitaba. Con el tiempo, comenzó a familiarizarse con ese mundo. Conoció a otras chicas, algunas de las cuales se convirtieron en sus amigas. Entre ellas, las «putas paraguayas», como las llamaban en los círculos más exclusivos, compartían historias, consejos y risas que aliviaban la tensión de sus vidas.

Lucía descubrió que, aunque el trabajo no era fácil, le daba una sensación de control que nunca antes había tenido. Aprendió a seducir, a negociar y a disfrutar de su propio cuerpo de una manera que nunca había imaginado. El placer, que al principio le resultaba ajeno, comenzó a ser parte de su vida. No era solo físico, sino también emocional: la sensación de poder, de ser deseada, de tener el control sobre su propio destino.

Sin embargo, no todo era perfecto. Lucía sabía que su doble vida no podía durar para siempre. Las miradas de desprecio de algunos, los clientes difíciles y el miedo a ser descubierta por su familia la perseguían. Aun así, seguía adelante, convencida de que estaba haciendo lo necesario para alcanzar sus sueños.

Un día, mientras caminaba por la costanera de Asunción, mirando el río Paraguay, Lucía reflexionó sobre su vida. Sabía que el camino que había elegido no era convencional, pero también entendía que era su manera de luchar por un futuro mejor. Las «putas paraguayas«, como ella, no eran solo un estereotipo: eran mujeres reales, con sueños, miedos y esperanzas.

Con el tiempo, Lucía logró ahorrar suficiente dinero para terminar su carrera. Dejó el mundo de las escorts atrás, pero nunca olvidó las lecciones que aprendió en ese tiempo. Había descubierto su propia fuerza, su capacidad para sobrevivir y prosperar en un mundo que no siempre era justo.

Hoy, como periodista, Lucía escribe sobre las historias de mujeres como ella, aquellas que luchan en silencio por un futuro mejor. Sabe que su pasado no la define, pero también entiende que es parte de lo que la hizo ser quien es: una mujer fuerte, resiliente y decidida a seguir adelante, sin importar los obstáculos.