
Roberto era un argentino de 52 años con más canas de las que estaba dispuesto a admitir. Oriundo de Buenos Aires, llevaba trabajando casi tres décadas en el rubro de importaciones. Su empresa le pidió hacer un viaje a Asunción, Paraguay, para cerrar un importante negocio. Pensó que sería una visita corta y bastante rutinaria, como tantas otras que había hecho por trabajo a lo largo de su vida. Lo que no se imaginaba era que ese viaje le cambiaría la vida para siempre.
Llegó una tarde de viernes, sudando la gota gorda por el calor asunceno que lo recibió de golpe al bajar del avión. Aunque venía mentalizado para un clima cálido, la diferencia con el invierno porteño lo tomó por sorpresa. Su agenda estaba apretada: una reunión el sábado, otra el lunes, y luego, si todo salía bien, volvería a Argentina el martes. Pero le sobraría tiempo libre el fin de semana, y su espíritu curioso lo empujó a explorar la ciudad en lugar de quedarse encerrado en el hotel viendo televisión por cable.
El hotel donde se alojaba se encontraba en el barrio de Carmelitas, una zona reconocida por sus bares y restaurantes modernos. Roberto, siempre dispuesto a un poco de aventura, preguntó en la recepción del hotel qué lugares eran los más concurridos para pasar un rato agradable y, si tenía suerte, conocer gente nueva. Le recomendaron varios sitios cercanos, así que, después de una rápida ducha y de ponerse su camisa favorita —una guayabera que nunca pensó que llegaría a usar—, decidió salir a disfrutar la noche.
El primer bar que visitó estaba repleto de risas y música a todo volumen. Era un sitio con un ambiente alegre, luces tenues y una decoración moderna. Pidió una cerveza local y se instaló en la barra, observando el ir y venir de la gente. Allí notó a un grupo de jóvenes que bebían chupitos como si no hubiera un mañana, y a varias parejas bailando reguetón con un entusiasmo que lo hizo sentir un poco fuera de lugar. Sin embargo, no tardó en charlar con un par de personas que notaron su acento argentino y se interesaron en lo que hacía en Asunción.
La noche avanzó y el calor parecía intensificarse, a pesar de que el reloj marcaba casi la medianoche. Fue en ese momento cuando la vio a ella, Rocío: una mujer de porte elegante, con un vestido rojo que resaltaba sus curvas y una sonrisa magnética. Ella se acercó a la barra para pedir algo de tomar y, por cosas del destino —o quizá por la torpeza de Roberto—, terminó tropezándose con su pie. Él se disculpó mil veces, temiendo haber arruinado su noche o, peor aún, haberla lastimado. Rocío sonrió con dulzura y bromeó con que ahora le debía un trago para compensarla.
Entre risas y anécdotas, la conversación fluyó de manera tan natural que a Roberto se le olvidó hasta su nombre. Se enteró de que Rocío era una escort py, algo que ella le mencionó de forma directa, con una honestidad desarmante que a él le pareció sumamente cautivadora. Para Roberto, el mundo de la “escort py” era algo lejano, casi un mito urbano. Jamás había tenido contacto con ninguna, y mucho menos había imaginado entablar una conversación tan divertida con una chica que se dedicara a eso profesionalmente.
A medida que la noche avanzaba, fueron pasando de un bar a otro en la misma zona de Carmelitas. Entre tragos y carcajadas, Rocío le contaba sobre su día a día como escort py en la ciudad: cómo conocía a personas de todo tipo, desde empresarios acaudalados hasta turistas curiosos, cómo sabía siempre mantener la discreción y la elegancia. Roberto, por su parte, le habló de su familia en Buenos Aires, de sus hijos ya adultos que apenas veía por sus propios trabajos y rutinas, y del cansancio que arrastraba tras décadas de dedicarse casi exclusivamente al negocio familiar.
A eso de las tres de la madrugada, decidieron regresar al hotel de Roberto para continuar conversando con más tranquilidad. Para sorpresa de él mismo, no se sentía incómodo o inseguro; todo lo contrario: había algo en la energía de Rocío que lo hacía sentirse en confianza, como si la conociera de toda la vida. Mientras subían en el ascensor, él pensó que esa noche ya era la mejor que había tenido en muchos años. Sin darse cuenta, empezaba a surgir en su interior una chispa de ilusión que, a sus 52 años, creía casi extinguida.
Ya en la habitación, Rocío le confesó que no estaba allí solo por “trabajo”. Sí, ella era una escort py muy solicitada, pero con Roberto sentía algo distinto, una conexión que la tenía intrigada. Aun así, le preguntó si él deseaba alguna de sus “atenciones” profesionales. Roberto, con el rostro encendido, le explicó que solo quería conocerla más, seguir riendo y, si ella estaba de acuerdo, pasar más tiempo juntos. Él estaba fascinado con la forma en que Rocío le hablaba, con esa mezcla de picardía y ternura.
La velada continuó hasta el amanecer. Terminaron durmiendo pocas horas, pero al despertar, Roberto no sentía ni rastro de cansancio; estaba entusiasmado, como un adolescente que recién descubre el primer amor. Para esa misma noche, hicieron planes para cenar en un restaurante cercano. Roberto se sorprendía a sí mismo actuando de manera tan impulsiva: tenía reuniones importantes de trabajo y, sin embargo, la imagen de Rocío le invadía los pensamientos a cada instante.
El amor empieza a florecer
Las horas siguientes fueron un torbellino de sensaciones. Roberto asistió a sus reuniones algo distraído, pero afortunadamente con los años de experiencia que tenía, logró sacar los negocios adelante sin mayores contratiempos. Cada pausa que tenía, le enviaba mensajes a Rocío, quien también le respondía con inmediatez y un entusiasmo que traspasaba la pantalla.
Llegó la noche y se encontraron en el lobby del hotel. Ella lucía un vestido sencillo, pero que realzaba su figura de manera espectacular. Los dos estaban ansiosos por verse de nuevo. Fue la primera vez que Roberto pensó con total claridad: “Estoy a punto de volverme loco”. Había conocido a Rocío solo un día antes, ¡un día!, y ya se sentía completamente enganchado. Pero lo más curioso era que ella parecía estar igual de ilusionada.
Cenaron en un lugar tranquilo y casi vacío, donde pudieron conversar sin prisa. Rocío le contó detalles de su vida: cómo llegó a ser escort py, cómo al principio tuvo miedo de los prejuicios y el estigma social, y cómo, con el tiempo, se dio cuenta de que esta profesión le daba independencia financiera y la oportunidad de conocer personas interesantes. Era claro que Rocío llevaba la situación con madurez y seguridad, pero también conservaba un halo de misterio que seducía a Roberto.
Él, por su parte, habló de lo rutinaria que se había vuelto su vida en Buenos Aires. Tenía una familia, cierto, pero sus hijos estaban ocupados con sus propios asuntos, y la relación con su esposa hacía tiempo que se había convertido en mera convivencia. Sin chispa, sin pasión, casi sin comunicación. De hecho, la sola idea de regresar a su casa y retomar esa monotonía lo angustiaba.
Terminaron la cena y fueron a caminar por la Costanera de Asunción, disfrutando de la brisa del río Paraguay. Se tomaron de la mano y, en un momento de valentía inusual, Roberto la besó. Fue un beso lleno de emoción y un toque de desesperación por parte de un hombre que creía haberlo vivido todo, pero que, de repente, se encontraba atrapado en un huracán de sentimientos nuevos y revitalizantes.
El gran dilema: la vida de siempre o el nuevo amor
Los siguientes días, Roberto debía cerrar los últimos detalles del contrato por el que había venido a Asunción. Mientras tanto, siguió saliendo con Rocío, explorando la ciudad y, por supuesto, dejándose tentar por el ambiente nocturno de Carmelitas. En cada lugar que visitaban, él se daba cuenta de que Rocío era muy conocida. Ella lo presentaba como “mi amigo Roberto, de Argentina”, y la gente los recibía con cordialidad. Era evidente que Rocío, a pesar de ser una escort py, tenía una red de contactos y amistades sinceras.
Conforme se acercaba el martes, día en que debía regresar a Buenos Aires, la ansiedad de Roberto aumentaba. No podía concebir la idea de dejar atrás a esa mujer que, en tan poco tiempo, lo había hecho sentir tan vivo. Una parte de él —quizá la más racional— pensaba que era una locura: apenas se conocían y ella, al fin y al cabo, era una escort py que seguramente tenía otros clientes. Sin embargo, cada vez que pensaba en abandonar Asunción, una punzada de tristeza le recorría el pecho.
La víspera de su partida, invitó a Rocío a cenar en un restaurante elegante, quizá el más exclusivo de la ciudad, donde la velada transcurrió con anécdotas, planes futuristas y una complicidad casi palpable. Al final de la cena, entre postre y copa de vino, Roberto soltó la bomba: “Quiero quedarme aquí contigo”. Rocío, por un instante, se quedó en silencio, con los ojos abiertos como platos, y luego soltó una carcajada nerviosa.
—¿Cómo que quedarte? ¡Tenés una familia, un trabajo, toda una vida allá! —dijo ella, con una mezcla de asombro y ternura.
—Lo sé, lo sé… Pero no aguanto la idea de irme y volver a la rutina, sabiendo que vos estás acá —contestó él, tomándola de la mano.
En ese momento, Roberto supo que su decisión, aunque arriesgada y un tanto alocada, estaba tomada. Llamó a su jefe, le explicó que necesitaba un par de semanas más en Asunción para “gestionar unos trámites”. Su superior, sorprendido, no tuvo más remedio que aceptar, especialmente porque Roberto era uno de los pilares de la empresa. Luego, con el corazón en la mano, tomó otro café para darse valor y marcó el número de su esposa. No se atrevió a ser completamente sincero —no podía decirle que se enamoró de una escort py en Asunción—, pero sí le confesó que su matrimonio estaba en un punto muerto y que necesitaba tiempo y espacio. Ella se sorprendió, lloró, lo insultó un poco; pero al final colgó el teléfono dejando a Roberto con la conciencia parcialmente aliviada y un futuro incierto.
Los primeros días de la nueva vida en Asunción
Tras arreglar unos asuntos básicos, Roberto decidió mudarse a un departamento pequeño pero acogedor en el barrio de Villa Morra, muy cerca de Carmelitas. Rocío lo ayudó en la búsqueda y en las compras iniciales. La decoración quedó un poco ecléctica, con muebles de distintos estilos y colores, pero a Roberto le encantaba. Sentía que, con cada objeto nuevo que entraba a ese hogar, su vida también se reiniciaba, dejando atrás décadas de monotonía.
Eso sí, no todo fue miel sobre hojuelas. Roberto se dio cuenta de que vivir con una escort py no era algo común y corriente. Aunque Rocío le aseguró que ella también estaba dispuesta a darle una oportunidad a la relación, no podía simplemente dejar su profesión de un día para otro. Tenía compromisos, clientes habituales y, sobre todo, su independencia financiera. Aquí vinieron las primeras tensiones, porque Roberto sentía un poco de celos al imaginarla con otros hombres. Pero Rocío fue clara: “Escuchame, esta es mi fuente de ingresos, no es tan fácil cambiar de vida de un día para otro, aunque me entusiasme estar con vos”.
Él entendió, aunque a regañadientes. A fin de cuentas, le debía respeto a la persona que le había devuelto la ilusión. Por su parte, Rocío notó que la actitud de Roberto estaba cargada de inseguridades, así que intentó reforzar la comunicación. Todas las noches, antes de salir a cumplir con algún servicio, hablaban sobre sus sentimientos y expectativas. Y cada vez que regresaba, con sus tacones en la mano y cansada, se metía en la cama junto a él, acomodándose en su hombro.
Un giro inesperado
Unas semanas más tarde, Roberto recibió una llamada de su jefe en Buenos Aires. El negocio seguía su curso, pero la empresa lo necesitaba con urgencia: “Roberto, entendemos tu situación personal, pero la verdad es que te necesitamos acá. No podemos seguir pagando tu hotel ni todos tus gastos allá en Paraguay”. Entonces él respiró hondo y, con la determinación de alguien que ya había tomado su decisión, explicó que no regresaría. Ni ese martes, ni el siguiente, ni nunca. “Lo lamento, pero renuncio. Me quedo en Asunción”, dijo.
A pesar de todo, sentía miedo. Tenía algo de ahorros, sí, pero no eran eternos. Necesitaba encontrar la forma de sustentarse y, por supuesto, de pagar las cuentas. No quería vivir a expensas de Rocío, quien seguía trabajando como escort py. Fue así que, tras llamar a algunos contactos locales que había hecho en sus reuniones de negocios, consiguió que lo contrataran como asesor para una empresa paraguaya que buscaba expandir operaciones de importación. Era un proyecto con un sueldo modesto comparado con lo que ganaba en Buenos Aires, pero suficiente para mantener el modesto departamento y llevar una vida digna.
Poco a poco, Roberto se adaptó a la rutina de Asunción: levantarse temprano por el calor, disfrutar de los mercados locales, comer chipa en las meriendas y, de vez en cuando, volver a pasear por Carmelitas para recordar esos primeros encuentros con Rocío. Cada vez que alguien le preguntaba cómo había terminado viviendo allí, él soltaba una sonrisa pícara y respondía: “Bueno, por amor. Y un poco de locura también”.
¿Final feliz?
Aunque la vida no es un cuento de hadas, la historia de Roberto y Rocío tuvo un desenlace particular. Con el tiempo, ella decidió reducir su actividad como escort py. No porque sintiera vergüenza de su profesión, sino porque deseaba construir algo más estable con Roberto y buscar nuevos horizontes laborales. Él, por su parte, superó poco a poco sus inseguridades, aprendiendo que el amor puede surgir en los lugares más inesperados, incluso en la barra de un bar en Carmelitas, y florecer bajo circunstancias poco convencionales.
Su antigua familia en Argentina lo acusó de irresponsable y de haberlos abandonado. Pero él, a sus 52 años, sintió que ya no podía vivir encerrado en una rutina que no lo hacía feliz. Con los años, la relación con sus hijos se fue restaurando. Ellos, al principio, no entendían nada. ¿Cómo que su papá se había enamorado de una escort py en Asunción? Pero con el paso del tiempo, se acostumbraron a la idea y hasta empezaron a bromear con la ocurrencia del viejo.
Las anécdotas de Roberto se volvieron legendarias en los asados familiares cuando volvían a coincidir en Buenos Aires. Contaba, con un tono divertido, cómo había sudado baldes la primera vez que llegó a Paraguay, cómo salió a tomar algo sin mucha expectativa y acabó topándose con Rocío, la escort py con la que terminó construyendo un nuevo hogar.
Hoy, si le preguntas a Roberto cómo define su vida, te dirá que encontró la felicidad en el lugar menos esperado. Con un mate en la mano y un tereré en la otra, alterna entre la tradición argentina y la cultura paraguaya con toda naturalidad. Su trabajo como asesor le deja tiempo libre para pasear, disfrutar de la gastronomía local y, lo más importante, compartir cada momento con Rocío, quien dejó de ser “la escort py” para convertirse en su compañera de aventuras.
Si algo aprendió Roberto, es que la vida puede darte sorpresas a cualquier edad, pero solo quienes se atreven a romper con los moldes pueden vivirlas plenamente. Su historia, llena de humor, un toque de locura y mucho amor, se convirtió en una anécdota que él mismo relata con orgullo.
Y así fue como este porteño, de camisa floreada, bigote canoso y sonrisa adolescente, se quedó en Asunción, Paraguay, para vivir junto a Rocío, la mujer que, siendo escort py, lo enamoró con su sinceridad, su alegría y ese misterio que lo atrapó desde la primera noche en Carmelitas.
Epílogo: Un brindis por el amor y la locura
A veces, Roberto y Rocío recuerdan aquella madrugada en la que se conocieron. Con un vasito de caña paraguaya en la mano, brindan por el destino, por la suerte —y por supuesto— por la existencia de la palabra “escort py” en la vida de ambos, que si bien en un inicio parecía algo inusual, terminó siendo la clave de un reencuentro con la felicidad. Él ya no es el hombre triste y cansado de antes; ella, más allá de su etapa como escort py, es la persona que le dio un vuelco a su mundo.
Tal vez, cuando pase el tiempo y alguien pregunte: “¿Cómo se conocieron?”, Roberto soltará una carcajada y responderá: “Bueno, fue gracias a las vueltas de la vida y a que un día salí a tomar algo por Carmelitas…”. No hay más explicaciones que dar. A fin de cuentas, el amor tiene la costumbre de llegar sin aviso y romper con toda lógica, sobre todo cuando nos aventuramos a salir de nuestra zona de confort.
Así culmina la historia de Roberto, el argentino que cambió su destino al enamorarse de Rocío, la escort py que conquistó su corazón. Una comedia romántica con tintes de locura que, en su imperfección, nos recuerda que las decisiones más valientes suelen ser las más genuinas. Y, sobre todo, que nunca es tarde para empezar de nuevo.